Sus padres eran pobres y vivían en un pequeño cuarto al fondo de la calle. En un rincón había un viejo calentador de leña. Al otro lado estaba la cocina donde la mamá cocinaba lo poco que tenían. Había dos camas junto a la ventana: una para los papás y otra para Torán.
Cuando Torán comenzó a gatear, constantemente intentaba acercarse al calentador, atraído por la luz y el calor. Su mamá, temiendo que se quemara, dispuso un cerco de leña alrededor del calentador para evitar que Torán se aproximara demasiado. Cuando Torán se acercó, intentando alcanzar el calentador, notó que había algo nuevo en el camino. Sin dudarlo, tomó un trozo pequeño de madera y comenzó a jugar con éste. Instantáneamente quedó unido a la madera. A partir de entonces jugaba con ella siempre que podía. La golpeaba, la mordía, la sentía, la olfateaba. Su pasatiempo favorito fue entonces descubrir los distintos trozos de madera que esperaban a ser consumidos en el calentador. Se pasaba horas inventando juegos y golpeando un trozo de madera con otro. Para su madre, había nacido con alma de carpintero o leñador.
Al cumplir 4 años, vio en la plaza del pueblo a un hombre que trabajaba la madera haciendo enseres de cocina y pequeñas figuras de hombres. Torán, sorprendido, le preguntó a su mamá cómo lo hacía. Hasta entonces no había considerado la idea de que la madera podía hacerse cambiar de forma si uno lo quería. No dejó de hacer preguntas todo el camino de regreso a casa. Cuando llegaron la mamá le dijo a Torán que se sentara. Buscó algo en la cocina y lo alcanzó frente al calentador. Ella tomó un trozo de madera y se lo mostró. También mostró lo que tenía en la otra mano: era el cuchillo que usaba para cortar la carne antes de prepararla. Él había visto a su madre muchas veces trabajar en la mesa con el cuchillo pero sólo ahora ponía atención. Ella le mostró cómo el cuchillo podía cortar la madera suave. Torán maravillado observaba las virutas de madera caer al piso mientras su mamá tallaba frente a él. De inmediato quizó intentarlo. Después de escuchar con impaciencia los consejos y avisos que su mamá le dió, Torán tomó el cuchillo con una de sus pequeñas manitas y el trozo de madera con la otra. La mamá lo guió al inicio y cuando vió que Torán había comprendido le dijo: ``Ahora inténtalo tú''. Torán nunca olvidaría ese momento. La sensación del cuchillo contra la madera se quedaría impregnada en su alma para siempre. La mamá miraba satisfecha la expresión en el rostro de Torán. Lo observó unos momentos más y finalmente lo dejó solo con la madera y la herramienta.
Todos empezaron a notar de inmediato que Torán tenía una habilidad especial con la madera, aún a su corta edad. Al inicio se contentaba con raspar la madera, pero poco a poco fue aumentando la dificultad y se imponía retos más grandes cada vez: cortar dos virutas del mismo tamaño, hacer una hendidura recta, excavar un círculo lo más perfecto posible. Un día, a los 5 años, llegó hasta donde se encontraba su mamá escondiendo las manos detrás de la espalda. La mamá preguntó qué traía en las manos y él dijo: ``Hice algo para tí''. Abriendo sus pequeñas manitas, le entregó una pequeña flor de madera clara. Tenía varios pétalos bien definidos y un par de hojas toscas en el tallo. La mamá, conmovida, le contó al papá, a los hermanos y a sus vecinas acerca regalo que Torán le había dado. Pronto todos hablaban de Torán. Él no escuchaba los comentarios. Simplemente le gustaba modificar la forma original de la madera hasta que se pareciera a lo que tenía en la mente en ese momento. Conforme los meses pasaban la casa se llenaba de figuras de madera que documentaban el progreso hecho por Torán. Hubo platos, cucharas, vasos, flores y animalitos hechos de madera por toda la casa.
A los 10 años, Torán ya recibía pequeños encargos de las amigas de mamá. Cuando cumplió 11 su papá investigó con los artesanos del pueblo y le preguntó a Torán si deseaba aprender más. Torán respondió que sí y comenzó a trabajar en un taller como aprendiz. Pronto se destacó entre los demás aprendices y comenzó a recibir consejos directamente del artesano. Torán aprendió todo lo que pudo hasta que, a los 13 años, su maestro dijo que no tenía más que enseñarle. El maestro artesano explicó que debía buscar a alguien con quién pudiera seguir aprendiendo y les habló de su propio maestro, que vivía en el cercano pueblo de Varamo, a media jornada de distancia al sur. La mamá sufrió mucho al pensar que no vería a Torán en mucho tiempo, pero el papá dijo que Torán debía ir y aprender lo que pudiera. Torán no sabía qué hacer. Por un lado estaba la necesidad de hacer cosas más grandes y aprender cosas nuevas y por otra estaba el amor a sus papás y el miedo a estar solo en un pueblo extraño.
Una mañana de verano, Torán y su padre salieron de la casa cargando dos bultos con todas sus pertenencias. Torán llevaba en el suyo una pequeña figurilla de ratón que había hecho el verano pasado y que era su favorita. La mamá lloraba mientras veía alejarse a su hijo. Torán también lloraba, pero después de despedirse de su mamá, darle un beso y asegurarle que regresaría pronto, se obligó a sí mismo a no voltear atrás. Su padre permaneció callado la mayor parte del camino. De vez en cuando hacía algún comentario acerca de los lugares por donde pasaban, pero su rostro serio escondía su tristeza. A media tarde divisaron por fin el puebo de Varamo. Al principio, Torán no notó nada distinto en él respecto a su propio pueblo. Pero conforme se iban acercando notó que no sólo era más grande que Fontena, sino que las casas eran también mayores y algunas eran de dos y hasta tres pisos. Finalmente cruzaron las puertas del pueblo y se encontraron caminando sobre las calles empedradas de Varamo. La algarabía reinaba por todos lados, la gente se apresuraba por la calles esquivando puestos, niños, charcos de agua y perros. Su padre preguntó por el artesano y hacia allí se dirigieron sin demora, puesto que el padre debía regresar ese mismo día para llegar antes del anochecer a Fontena.
Al fin llegaron al taller. Era grande y con techos altos. Cuando cruzaron el arco de la entrada, Torán y su padre preguntaron por el maestro artesano a uno de los aprendices que pasaba cargando un gran trozo de madera negra. Les indicó el camino y se dirigieron al fondo del taller, donde al fin lo vieron. Su nombre era Marus y era viejo, a juzgar por las arrugas de su rostro y el pelo gris. Pero también notaron que su cuerpo era aún vigoroso, fruto de largos años de trabajar la madera. Torán lo miró largamente un poco intimidado, deseando regresar a su casa y seguir trabajando solo en el patio mientras su mamá cocinaba. Marus dejó a un lado el cincel y el martillo con que daba golpes certeros a la pieza en que trabajaba y los miró. Primero observo al padre de Torán. Después de unos segundos que parecieron eternos le tocó el turno a Torán. Cuando sintió la mirada de Marus clavada en él se estremeció. No era como nadie que hubiera conocido antes. Era como observar a un dragón peligroso que te hipnotiza y no te deja huir aunque lo desees. Apretó contra su pecho el fardo con sus pertenencias y pudo sentir a través de la tela el pequeño ratón de madera que había traído consigo. Al fin Marus habló: ``Ya tengo demasiados aprendices. No necesito uno más y menos uno que no habla''. Torán sabía que tenía que decir algo inteligente o su futuro como artesano terminaría ahí mismo. Su padre, al ver que Torán permanecía mudo, intentó explicar a Marus sus motivos. Pero apenas había empezado a hablar cuando Marus lo calló tajantemente diciendo: ``Él tiene boca, que hable si tiene algo que decir''. Su padre no dijo nada más y volteó a ver a Torán que lo miraba como un conejo asustado e inmóvil. Torán tenía ganas de llorar por la frustración y el miedo. Quería gritarle al maestro artesano cualquier cosa con tal que dejara de mirarlo de esa manera. Finalmente Marus hizo una mueca de desgano y volvió a su trabajo, ignorándolos completamente. El padre de Torán miró a su hijo pero lo que vió fue a un niño pequeño que un día antes jugaba con sus juguetes en el patio y que ahora, de repente, estaba siendo sometido a una prueba para la que no había sido preparado ni prevenido. Se culpó a sí mismo por querer forzar a su hijo a ser un verdadero artesano. Quizá el siguiente año, con Torán más grande y quizá más decidido, intentarían nuevamente. Puso una mano en el hombro de Torán y acto seguido se giró buscando la salida. Un par de pasos después notó que Torán no lo había seguido. Seguía ahí, inmóvil como estatua, frente al artesano. Su padre lo llamó, pero no respondió. Cuando se dirigía hacia él para tomarlo de la mano y llevárselo, Torán al fin habló: ``Señor artesano, maestro'', dijo con su vocecita tímida y temblorosa, ``hice un ratón de madera''. Marus levantó la vista y lo miró con interés. Torán dijo entonces: ``Me gusta la madera, mucho, aunque no sabía que se pueden hacer cosas como la que está haciendo usted. Hice una flor para mi mamá que le gustó mucho y un becerro para mi padre. Lo tiene en su carnicería. Mi maestro allá en Fontena me envió aquí. Yo quería venir pero tenía miedo. Y mi papá me trajo. Hoy no trabajó para traerme. Yo quiero aprender todo lo que usted pueda enseñarme''. Entonces metió la mano en el fardo y sacó el ratón de madera. Abrió la mano y dijo: ``Este ratón es mio, yo lo hice. Es mi favorito''. El maestro vió la pequeña pieza de madera y le pidió que se la diera. Torán lo hizo y Marus la observó con detenimiento. La puso sobre el banco de trabajo y sacó una hacha de un cajón. De repente, mientras observaba la expresión de susto y sorpresa en el rostro de Torán le dijo: ``Dame una razón para no partir en dos este pedazo de madera''. Torán se estremeció. No sabía qué decir. Sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas. No pudo aguantar más toda la tensión, el miedo, el enojo que sentía por el trato que Marus les estaba dando y, con las mejillas bañadas en lágrimas, gritó: ``Porque es mía, porque la hice yo, porque sólo yo puedo destruirla, nadie más. Yo la creé y aunque no es perfecta ni tengo mucha habilidad, es lo mejor que he hecho. Tiene mi sangre, de varias heridas que me hice mientras la tallaba, así que es parte de mí''. Y entonces saltó hacia adelante y puso la mano entre el ratón y la hacha, protegiéndola del maestro artesano. Marus ablandó el rostro y dibujó una pálida sonrisa. Le dijo a su padre: ``Torán se puede quedar, por un tiempo al menos. No le faltará nada pero tampoco podrá holgazanear. Yo le enseñaré, pero no será sin exigir nada a cambio. El precio será el siguiente: de todas las obras que cree en mi taller, yo elegiré una para mí. Y no aceptaré una negativa''. El padre de Torán miró a su hijo que todavía tenía lágrimas corriendo por sus mejillas. Torán asintió en silencio y entonces su padre dijo: ``De acuerdo''.
Torán se despidió de su padre, llorando sin parar, deseando regresar con él. Su padre no alargó mucho la despedida. Abrazó fuertemente a Torán y sólo le dijo: ``Tu puedes''. Se levantó y le dio la espalda, desapareciendo en la calle llena de gente. Torán se quedó allí, solo, más solo que nunca, apretando en la mano al ratón de madera que acababa de salvar.
Torán no volvió a ver a sus padres hasta cuatro años después.
Miguel Enrique Coba Martinez 2008-08-03